Muchos de vosotros contaís a vuestros hijos que a los niños los trae la cigüeña. Os da vergüenza decirles la verdad. Las razones de tal ridiculez apuntan a Roma, pero si las comprendeís, también debereís entender que yo no quiera desverlaros de donde vienen los dioses, dios, osea yo.
Os contaré sin embargo que hay ciertos personajes no terrestres que han gozado de fama de dioses, como el dictador ese de Zeus, nieto del dios más antigüo: Cronos. Ninguno de los dos tienen blog. Y es que Zeus, además de estar demasiado ocupado seduciendo ninfas, sólo existe en la imaginación de Homero y de aquellos que escuchan las viejas leyendas. Es una forma de existencia muy común y tan respetable como la vuestra o la mía. Cronos, por su parte, es algo asi como el aire que respirais, como el espacio que ocupaís, pero Cronos tiene poca o nula consciencia de si mismo. Podría seguir con el resto, pero tengo que ir al grano.
Hay, sin embargo, en esa Tierra que os he regalado (cada día mas hecha polvo, vaya panda de descuidados que sois), una colección de humanos bastante peculiar que se comportan como si fueran dioses, dioses de los malos, se entiende, no como la diosa genuina que soy yo.
He descubierto que a la raza esa de los diosecillos mortales, insufribles canallas , les va el mando y el poder sobre los demás más que a Ratzinger meterse en lo que no le llama nadie. Yo creo que son seres enfermos, defectuosos, pero desgraciadamente abundan.
No me estoy refiriendo a los todopoderosos banqueros, ni siquiera a los que manejan en el anonimato los hilos de vuestro decrépito e infeliz mundo (por culpa suya). No. Me refiero a esos guisajillos que en cuanto les hacen jefes se dedican a repartir collejas a sus subordinados y dárselas de hombres (o mujeres) importantes como gallos en celo. Me refiero también a los que maltratan a sus mujeres, a sus hijos y a los ancianos, a los que se ensañan con los débiles porque con los fuertes no se atreven.
Generan ansiedad y malestar alrededor suyo. Destruyen la creatividad de quienes les rodean. Producen infelicidad y eso les hace felices. Yo creo que están a sueldo o a comisión de las farmaceúticas que producen ansiolíticos e incluso puede que de los colegios de siquiatras y sicólogos.
El mundo tiene un aspecto lamentable por su culpa. Pero ellos llegan a los centros de trabajo rectos y autosatisfechos (“soy un master del universo”, se dicen, los muy gilipollas). Si dejan llorando a un subalterno se ponen casi al borde del orgasmo. Y si le dicen luego que este subalterno, al que han dejado llorand,o ha sufrido una depresión le tachan de loco y se quedan tan frescos.
Abundan. Son una plaga. ¿Y sabeis que? pensándolo bien no son diosecillos sino pobres diablos.
Si os cae alguno en suerte os doy una fórmula para perderles el miedo: imaginarlos cadaver, dentro de la caja, con los ojos cerrados. Son mortales y así estarán algún día.¿os grita? A cada nuevo insulto vosotros responded con una nueva corona de flores o encendiendo un nuevo cilio en su capilla ardiente.
Y yo después mandaré a Lucifer para que les aplique su propia medicina.